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20 de febrer de 2014

Els sindicats i el professor polac

Publicat per Emilio de la Peña

El principio de que los derechos laborales y salariales son limitaciones con que debe contar la empresa a costa de su rentabilidad se está quebrando. Desactivar a los sindicatos es condición necesaria para rematar la faena.



Le dio autoridad el hecho de que podía explicar muchas de las injusticias sociales 
y aparente crueldad como un incidente inevitable en la marcha del progreso. 
   J.M.  Keynes  
      
Debía ser en 1989 o ya en 1990. Tuve la oportunidad de escuchar las opiniones de un profesor de economía polaco. No recuerdo su nombre. Había venido a Madrid a participar en unas jornadas organizadas por la UNED. En Polonia acababa de caer el régimen comunista, merced al levantamiento del sindicato Solidaridad, liderado por Lech Wallesa. Se había establecido un régimen de libertades y el citado profesor era una figura emergente en ese nuevo tiempo. Preguntado por el papel de los sindicatos, el profesor aseguró que su actividad era negativa. Habían vuelto las libertades civiles, pero también las libertades económicas. Y aducía que los sindicatos  impedían el libre mercado, al condicionar con su acción la retribución de los asalariados, que, en su opinión, debía fijar sólo el mercado, como en el resto de las cosas.

Se daba la sorprendente contradicción de que el agente que había conseguido las libertades, un sindicato, que había hecho posible la actuación pública del citado profesor, era un obstáculo para el libre mercado. Pero el desagradecido economista tenía razón. Los sindicatos son un obstáculo al libre mercado. Este, en su funcionamiento pleno, debería permitir que el empresario pagase al asalariado la menor cantidad de dinero posible para conseguir así el máximo beneficio posible, y poder contratar en cada momento a los asalariados que, pudiendo hacer el mismo trabajo, estén dispuestos a trabajar más tiempo por menos dinero.

Lo arriba citado, que sería lo normal en una economía de libre mercado, no sucede afortunadamente en España para los casi 14 millones de asalariados, el 82 por ciento de los que trabajan en nuestro país. Tampoco en otros países, al menos en los desarrollados. La causa de que no ocurra no está en una mejora del libre mercado. Es un contrasentido afirmar  que mejora la rentabilidad de la empresa el que esta no busque en cada momento el menor coste de su mano de obra.

No ha sido así en España, ni en los otros países del mundo desarrollado, por la acción histórica de los sindicatos. Estos realizaron desde el último tercio del siglo XIX hasta  la segunda mitad del XX una intensa presión social para conseguir leyes que protegían a los asalariados de los efectos racionales del mundo empresarial, cuyo objetivo es producir al mínimo coste. Y coste no es sólo el salario en dinero. También lo es la limitación de la jornada laboral, la estabilidad obligatoria del trabajador en la empresa, cuando esta podría prescindir de muchos de ellos en numerosos momentos, o el aseguramiento del asalariado en la Seguridad Social para garantizarle un sustento cuando se jubile.

Y no sólo eso. Los sindicatos también consiguieron el instrumento básico para asegurar salarios y condiciones de trabajo más allá de las estrictamente deseables para la rentabilidad de una empresa. Se llama negociación colectiva. Es la forma de lograr que todos y no sólo algunos disfruten de esas garantías. En ese caso, la acción de los sindicatos no es sólo un logro histórico, sino que es algo  permanente, porque los salarios varían con el paso del tiempo, y la organización interna de la empresa también.

Tenía razón el ortodoxo profesor neoliberal polaco. La intromisión de los sindicatos impide el verdadero funcionamiento del libre mercado, y por consiguiente dificulta a la empresa obtener los máximos rendimientos, al tener que acometer esos sobrecostes que el libre mercado no tenía por qué imponerle. Parecerá que esas “obligaciones” y limitaciones que se le imponen a la empresa son consustanciales con las relaciones humanas. Pero no es así. Los empresarios hace 150 años no tenían esas limitaciones y eran personas emprendedoras, amantes de la innovación que traía la industria. La contrapartida eran las pésimas condiciones laborales que padecía el trabajador, o lo que es casi lo mismo, la gran mayoría de la población, merced al libre mercado.

Esa ha sido la razón de ser de los sindicatos. Su instrumento es la presión conjunta del colectivo de asalariados para conseguir mejores condiciones que las estrictamente determinadas por la obtención de los máximos rendimientos empresariales.

El resultado obtenido fue que el sistema productivo debía actuar con unas limitaciones: contratos que garantizaran la estabilidad laboral del asalariado, horas máximas y mínimas para que el empleado pudiera obtener un salario digno, aportación empresarial al seguro social por si el trabajador queda sin empleo o se jubila. Y por supuesto una retribución aceptada por el conjunto de los asalariados.

El logro fue enorme. Se trataba de que la empresa debía adecuar su rentabilidad a estas limitaciones, en lugar de que los asalariados hubieran de amoldar sus condicionales laborales, y por tanto sus condiciones de vida, a la rentabilidad de la empresa. Todo, la competitividad, el crecimiento, la maximización del beneficio estaba condicionado por este principio. Eso es lo que hacía posible una existencia digna para la mayoría.
Pero había contrapartidas positivas para el mundo empresarial: un aumento de los salarios del conjunto de los trabajadores aumentaba en igual proporción su capacidad como consumidores de los bienes que producen las empresas. Hizo posible también una aceptación sin sobresaltos del sistema económico vigente, contestado en muchos momentos con revoluciones o levantamientos populares. Fue la llamada paz social.

Ahora las cosas están cambiando. En el mundo desarrollado las condiciones de vida son mucho mejores que antes, pero el principio de que los derechos laborales y salariales son condicionantes con que debe contar la empresa a costa de su rentabilidad se está quebrando. No es la primera vez que ocurre. Sucedió en el Reino Unido con la llegada al poder de Margaret Thatcher y en Estados Unidos con Ronald Reagan. Para conseguirlo no sólo les bastó con ganar las elecciones. Fue preciso otra cosa: eliminar la influencia de los sindicatos sobre los asalariados. Esto es condición necesaria para volver al principio que defendía el profesor polaco.

Los sindicatos no son ni más ni menos virtuosos que los demás. No son un engranaje del sistema político. Son el instrumento para que los asalariados, es decir, la inmensa mayoría de la población, puedan gozar de derechos laborales y garantizarse salarios adecuados. Desactivarlos es la única forma de conseguir eso que defendía el profesor polaco: que rija en toda su plenitud el libre mercado.

Publicat per Emilio de la Peña