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6 de novembre de 2014

Desapareixen els sindicats?, article d'Enrico Deaglio

¿DESAPARECEN LOS SINDICATOS?

ARTÍCULO DE OPINIÓN PUBLICADO EN EL  SUPLEMENTO “IL VENERDI” DE “LA REPUBBLICA” Firmado por Enrico Deaglio.


10 de octubre de 2014

No, no ha sido sólo el artículo 18 . Ese era el pretexto, el tabú a combatir. Lo que ha sucedido el 29 de septiembre de 2014 en el Consejo de Dirección del Partido Democrático ha sido un hecho histórico. Por primera vez en su historia, un partido italiano de la izquierda ha roto con el sindicato, con su visión del mundo, su lenguaje, su burocracia, su peso político, su historia. Sin respeto, sin dar las gracias. Más bien, como un acto de liberación. No os aguantamos más; sois viejos, mal vestidos, no sois sexy.  ¡Nooo! ¡No somos vuestros hijos!

Hacía ya tiempo que se notaba en el ambiente. Hoy, de hecho, junto al político de la casta, el sindicalista es la persona más despreciada en Italia. Cuando el Presidente del Consejo de Ministros – que lidera el partido de la izquierda; Berlusconi no se hubiera atrevido a tanto- deforma en un mensaje de video la voz de la Secretaria general del sindicato CGIL, Susanna Camusso, en un lacrimoso falsete y acusa al sindicato de ser el principal responsable del “apartheid” en el centro de trabajo, de nada servirá a Camusso  proponer, a media voz, una huelga general. Ella es la primera que sabe que no tendría éxito. Cuando también el cómico liberal Maurizio Crozza bromea sobre Maurizio Landini (secretario de la irreductible FIOM ) y Camusso y los muestra intentando atraer a nuevos afiliados a través de llamadas desde un teléfono público de monedas, parece el tañido de las  campanas a muerto: el sindicato, según el “sketch” es un fantasma del pasado; vive ingenuamente en una “bola de espacio temporal que ha sobrevivido a los años Setenta”; el futuro de las relaciones de trabajo es, sin embargo, Flavio Briatore, el jefe, el que en un programa de televisión sobre cómo tener éxito en los negocios, te mira a la cara y te dice : “Estás fuera”. 

Y además está la gente que no soporta a los vagos. La gente del blog de Beppe Grillo, la gente melómana que aplaude el despido colectivo de 182 miembros de la orquesta de la Ópera de Roma tras la renuncia a dirigir Aída y la Noche de Fígaro del maestro Ricardo Muti. Y además está Sergio Marchionne, por el lado de los emprendedores impetuosos, que se ha enfrentado a los sindicatos que querían incluso meter el hocico en el tiempo con el que se puede contar para ir al servicio en la cadena de montaje de la Fiat y que ha tenido que emigrar a América. 

A esto se ha llegado, en Italia, en 2014.  Todos dicen que son los sindicatos, con sus estúpidos privilegios, quienes han bloqueado el futuro. Más lejos que los mineros galeses, más lejos que los controladores de vuelo americanos, más lejos que los ferroviarios ingleses que no querían renunciar a la pausa para el té. No, aquí en Italia se ha ido más allá. Los sindicatos han destruido Alitalia, han defendido a los ladrones de maletas del aeropuerto de Malpensa, han hecho huir a los emprendedores con sus teorías. De repente, se han convertido en culpables de todo; de la precariedad, de la falta de innovación, de la rigidez del mercado de trabajo, de la burocratización de las Administraciones públicas, de la ausencia de meritocracia, de la fuga de cerebros (94.121 jóvenes han emigrado en un año), de la abulia de la juventud, de los suicidios de empresarios, de la crisis. 

Estos son los vientos que corren. Vientos fuertes, visto que han llegado de forma tumultuosa también incluso dentro del partido que siempre había sido el único aliado del sindicato.

Dan ganas, por tanto, de mirar un poco más de cerca esta razón de todos los males. Primero de todo: ¿se habla de sindicato o sindicatos?

Si se elige la dicción “sindicatos”, en Italia puede haber -según estimaciones- entre 800 y 1.100; parece ser que es imposible contar con una cifras exactas ya que son muchísimos los sindicatos registrados compuestos por una o, como máximo, dos o tres personas con el fin de obtener algunos de los beneficios que establecen las leyes . En la Educación, por ejemplo, hay 43 sindicatos, mientras que son 13 los de la ENAV, es decir de los controladores de vuelo. Alitalia y Meridiana llegan a 13 siglas (en Ryanair, sin embargo, el sindicato está prohibido de hecho. ¡Eh! Podéis ver que se puede volar sin sindicatos!). Los jueces están organizados en 5 corrientes sindicales, los directivos de las empresas cuentan con sindicatos de sector, provinciales, regionales, así como los administradores. La RAI, con trece mil trabajadores, que alardea de contar con las siglas de SLC, CGIL, UILCOM UIL, UGL Telecomunicazioni, SNATER, LIMERSIND CONF SAL, USIGRAI, realiza todas sus producciones en el extranjero, dónde trabajan cooperativas y otras entidades obviamente sin sindicatos. Los desempleados de Nápoles cuentan con 15 siglas bastante activas. En realidad, prácticamente todos los italianos (notarios, taxistas, entrenadores, guías de los Alpes, victimas de organizaciones delictivas) forman parte de un sindicato a la busca de una mesa de negociación para hacer valer sus intereses. La Liga Norte ha creado su propio sindicato, el ISINPA, sindicato de la Liga Norte y la derecha ha creado la UGL, que se ha hecho famosa ya que su secretaria general, Renata Polverini, acudía siempre a todos los programas de televisión. 

Pero, además, ya que estamos en un País extravagante, existe otra Italia sin sindicatos, pero también muy activa. Es la Italia de la mafia, de la camorra y la ´ndrangueta, del trabajo negro, de la usura, de los inmigrantes que sostienen la agricultura y la construcción, de los esclavos que recogen tomates. En resumen, lo que se normalmente se denomina la economía sumergida, valorada en el 20% del PIB. 

Sin embargo, cuando se habla del “sindicato”, se habla de las tres grandes confederaciones CGIL, CISL y UIL, que reflejan cifras que dejan la boca abierta. Entre las tres alcanzan casi doce millones de afiliados. De éstos, sin embargo, casi la mitad son pensionistas organizados en Federaciones propias (en esto Italia es una anomalía. En Francia y en Alemania, por ejemplo, los pensionistas siguen siendo miembros de sus sindicatos de origen). De los 22 millones de trabajadores ocupados, por lo tanto, uno de cada cuatro está afiliado a una de las tres grandes Confederaciones. No solo, porque dentro de este 25%, una clara mayoría son trabajadores contratados por el Estado. Con respecto a la industria, CGIL, CISL y UIL representan a los trabajadores que trabajan en empresas de más de 15 trabajadores, el 60% del total. (Dicho de otro modo, el 40% de los trabajadores italianos no ha estado nunca protegido por el artículo 18. En el 2003 se realizó un referendum para extender la tutela pero falló de forma clamorosa)

Otro cálculo interesante es además el del número de sindicalistas. Según Bruno Mangui, el gran sociólogo del sindicato, exdirigente de la CISL, los sindicalistas de  CGIL, CISL y UIL – es decir, las personas que dedican al menos alguna hora al día, todos los días, a las actividades de su Federación- son alrededor de 700.000. Su trabajo es, en parte, voluntario, o se remunera a través de “permisos retribuidos” u  “horas liberadas”. El fenómeno está presente particularmente en las Administraciones Públicas, dónde los sindicalistas con horas liberadas retribuidas habían llegado a ser 4.000, antes de que fuesen restringidas por los ministros Brunetta y ahora Madia. 

Por tanto, cuando véis una manifestación sindical de medio millón de personas, doscientas mil son pensionistas y el resto, sindicalistas, normalmente, empleados públicos.

Números impresionantes. Los afiliados al sindicato en Italia superan de largo los católicos que van misa los domingos; los sindicalistas a tiempo completo distribuidos por todo el territorio son siete veces los efectivos del Cuerpo de los Carabineros. De organizaciones que defienden los salarios y las condiciones de vida de los trabajadores, el sindicato se ha convertido progresivamente en un patronato colosal que hace la simulación de ser  un centro de asistencia fiscal y de pensiones. Los salarios, cuya defensa y cuyo aumento son el alma del “negocio” del sindicato, no han sido muy protegidos. Marco Revelli, histórico y de siempre apasionado militante de las luchas sindicales, en su libro “Pobres de nosotros” (Einaudi) ha hecho público un dato, cuanto menos, inesperado. Una investigación de Luci Ellis (Banca Internacional de Basilea) y Kathryn Smith (FMI) descubrieron ya en el 2008 que la suma de los salarios italianos había disminuido verticalmente. Para Italia se estimaba un traspaso entre salarios y beneficios de 8 puntos porcentuales (alrededor de 120.000 millones de euros al año). Me dijo recientemente Revelli: “Luciano Gallino actualiza los datos para Italia hipotizando ahora incluso una quincena de puntos, lo que supondría 250.000 millones”.

Varios son los factores: disminución de la productividad en general; aumento de la productividad debida a un mayor uso de las tecnologías, pero sobre todo un aumento enorme de la brecha entre retribuciones en el empleo manual o administrativo, de niveles bajos, y los que se asignan  los altos directivos y los propietarios. “Una de las más significativas derrotas sindicales fue la de la Fiat. En el 2012 Marchione convocó un referendum en el que proponía directamente la posibilidad de cierre de la empresa si los trabajadores no aceptaban un empeoramiento de las condiciones de trabajo. Los trabajadores, por poco margen, votaron que sí aceptaban; pero este hecho no sirvió para garantizar los niveles de producción prometidos y la empresa entró en el sistema de “Cassa integrazione” de larga duración y aparentemente sin fin. El enfrentamiento terminó con una pérdida de derechos sindicales que se habían alcanzado después de años de lucha y un salario sensiblemente reducido, dado que la “Cassa integrazione” cubre solamente el 80% de las retribuciones. Dicho de otro modo, puede que un poco más crudo: aquéllo que treinta años antes había sido el símbolo de la consecución de las demandas sindicales –la industria del automóvil- perdió nueve décimas de su fuerza numérica y está compuesta por miles de obreros de mediana edad o a las puertas de la jubilación que viven con menos de mil euros al mes” 

Y a la vez llegaron los “call center”, los co.co.co , la precariedad, los falsos autónomos, las falsas cooperativas. Una gran masa de trabajo precario que se ha expandido hoy en Italia hasta afectar a de tres de millones de personas. Son pobres, infelices, indignados  pero sobre todo no pertenecen a ningún sindicato. Nacieron más o menos junto a la última manifestación de fuerza de la CGIL, en el 2002. Tres millones de personas desfilaron por Roma para “mantener el artículo 18” que Silvio Berlusconi quería eliminar. No siendo suficientes los autocares italianos, la CGIL se fue a alquilarlos a Eslovenia y el sindicato presumió de haber hecho producir tres millones de insignias y gorras sin recurrir al empleo sumergido. A Sergio Cofferati, el Secretario general, se le pronosticó el papel de líder político. Se habló de una “candidatura Prodi-Cofferati” que habría dirigido una Italia socialista. Pero fue el mismo Cofferati el que sabía que aquellos tres millones de personas eran una especia de ilusión óptica, la última representación de un mundo que ya no iba a existir más. 

“Cuando era sindicalista y había que renovar un Convenio Colectivo hacíamos una asamblea por turnos en la Pirelli Bicocca. En cada asamblea participaban siete mil obreros. Ayer, me dieron los datos de las afiliaciones a nuestro nuevo sindicato que pretende unir a los trabajadores precarios. ¡Habíamos duplicado las afiliaciones! ¡Qué pena que de quince habíamos pasado a treinta!”.

Giorgio Airaudo fue el secretario nacional de la FIOM y ahora es parlamentario con el partido “Izquierda, Ecología y Libertad”. Ha vivido los aspectos más dramáticos de la transformación del mundo del trabajo y de la pérdida de fuerza del sindicato. “A decir   verdad, también nosotros nos damos cuenta. Nos habíamos creído que ésto de la flexibilidad necesaria para superar la crisis sería cualquier cosa pasajera. Me acuerdo de cuando fui a visitar el “call center” de las Páginas Amarillas, organizado dentro de una oficina vacía de Mirafiori. ¡Era la nueva cadena de montaje pero sin derechos! Nosotros estábamos acostumbrados a ofrecer concesiones en los conflictos colectivos en casos extraordinarios, a cambio de contrataciones, pero notábamos que a los empresarios cada vez les interesaba menos. Ellos estaban a la búsqueda de un nuevo modo de producir- y cuando podían, se iban a Serbia o a Rumanía- y buscaban solo un modelo que devaluara el trabajo, así como en los tiempos de la lira se devaluaba la moneda. Esta es la tendencia de hoy, lamentablemente. Trabajo cada vez menos cualificado y precario; volátil y fácil de despedir a la  mínima señal de crisis. Nos convertiremos en un “expaís industrializado” y quizá el primero entre los países menos desarrollados. Creo que tenemos que acostumbrarnos a considerar el tiempo del sindicato fuerte como el de la edad del oro. El 13 de octubre, cuando John Elkann  toque la campana de Wall Street, comenzará a cotizar en bolsa una sociedad que en Italia ha dejado solo pequeños retazos de producción”.

Doce años después de aquella grandiosa manifestación en nombre de la dignidad del trabajo, el rosario de derrotas de los sindicatos es largo. Un cuarto de la industria manufacturera se ha perdido, el poder adquisitivo ha disminuido, las pensiones se han alejado del coste de la vida y se han rebajado, el trabajo precario se ha convertido en ley y el mismo poder político del sindicato – los grandes acuerdos de diálogo social- sobre política económica, son un rito del pasado. Franco Marini (una vida en la CSIL) no se ha convertido en Presidente de la República. Fausto Bertinotti (sindicalista CGIL), se ha hecho conocer por haber hecho caer al Gobierno Prodi, reo de no haber hecho una ley sobre las 35 horas laborales a la semana. Sergio Cofferatti no se ha convertido en un líder del Partido Democrático; hoy lo es, sin embargo, un joven que ha llevado al partido por encima del 40% en votos, que ha superado a los sindicatos colocando 80 euros más en la nómina de los trabajadores sin ni siquiera una hora de huelga. Se los ha facilitado a 10 millones de trabajadores con contratos seguros y afiliados a un sindicato, pero es probable que sea la última vez. Matteo Renzi se ha comprometido a defender a “Marta, 28 años, con contrato precario, que espera un hijo” y a la que el sindicato no garantiza ninguna protección que sin embargo garantizan a los trabajadores de las Administraciones públicas. En la misma reunión, el Partido Democrático – en la que la CGIL ha descubierto que tiene poquísimos amigos- una Dirección eufórica ha aplaudido el derecho de la “patronal” (y basta de llamarlos así) a despedir. No a Marta, se entiende. Sino a Cofferati y a sus seguidores. 

¿Es el sindicato algo del pasado? Difícil responder, porque el marco no es uniforme. En los Estados Unidos parece haberse convertido definitivamente en un fenómeno residual con solo el siete por ciento de los trabajadores afiliados (después de la guerra el porcentaje era del 35%). En China está fuertemente reprimido. El símbolo lo representa la gigantesca fábrica Foxconn, con más de un millón de obreros que ensamblan teléfonos en espacios cerrados con redes en las ventanas para impedir los suicidios. Su contrapeso americano es la cadena de grandes almacenes Walmart, también ésta con más de un millón de trabajadores (el 80% de los productos vendidos son made in China) y ninguna representación sindical, en la que las pagas son bajísimas, la rotación elevadísima y los despidos facilísimos. 

Pero no todo el mundo es así. En Brasil, Lula e Dilma Rousseff han llegado a la Presidencia desde el sindicato y el país ha vivido su mejor desarrollo económico con una gran redistribución de la riqueza. La Polonia moderna nació con la victoria de un sindicato, “Solidarnosc”. Alemania es un mito por el poder de su IG Metal, en cuyo rascacielos en Franfort se decide de qué color serán los nuevos BMW, de cuántas semanas de vacaciones termales en Ischia pueden disfrutar sus trabajadores y naturalmente se dictan líneas políticas, incluso a la Merkel. 

Italia hoy se encuentra en un cruce de caminos, pero la tendencia es la de tener un gran futuro sobre sus espaldas. Hay que decir que la historia ha sido larga y el sindicato tiene raíces tan fuertes en el pueblo italiano que hacen difícil su desaparición. En un imaginario viaje de turismo sindical, está Turín, la capital obrera del Novecento, donde una parada del nuevo metro se denomina XVIII de diciembre, para recordar la masacre que realizaron las bandas fascistas de Piero Brandimarte contra la Cámara del Trabajo en 1922. Veinte muertos a golpes, un telegrama de aplauso por parte de Benito Mussolini. El sindicalismo italiano había nacido hacía poco más de veinte años – las leyes de los braceros agrícolas, la juventud obrera católica y los consejos de fábrica de Gramsci, ideas de trabajo organizado para contrarrestar a los patronos que eran, ciertamente, ávidos y malvados. Censura durante veinte años a causa del fascismo. Recuperación en 1945 cuando nadie regalaba nada a los obreros y a los campesinos. Las fábricas entonces eran cuarteles, la policía disparaba con placer. Viaje sindical a Sicilia, a la búsqueda de la Casa del Pueblo destruida y de los 44 sindicalistas asesinados en la postguerra por la mafia, que defendía feudos y latifundios. Un paseo en la hoy plácida Puglia, buscando las huellas de Giuseppe Di Vittorio, el más grande sindicalista italiano. Hacéos acompañar del libro de Luciana Castellina y Milena Agus, “Mirad mi hambre”, y descubriréis a los agricultores que ponían un bozal a los niños para que no comieran la uva durante la vendimia y las famosas mujeres proletarias que entraron en las casas de los señores y mataron por venganza, con sus manos, a otras mujeres, ya que eran el símbolo de la riqueza arrogante. 

El sindicato en Italia nació con sangre, pasión y sacrificio. ¿Existe aún aquello? Según el histórico Giovanni De Luna “el apogeo se alcanzó en los años 70. Los tres sindicatos estaban unidos (la derecha los temía), en los grandes convenios colectivos se tomaban decisiones sobre la educación, la sanidad, sobre la vivienda, sobre el desarrollo económico. Una época que entonces tomó el nombre de pansidicalismo, pero que fue vencida, principalmente porque no se convirtió en un proyecto político. Hoy vivimos los resultados de aquella derrota, y el sindicato aparece como una suma de intereses corporativos. Un cambio antropológico bastante triste”. 

Pietro Marcenaro, hoy senador del Partido Democrático, una vida en la CGIL, primero como empleado no cualificado, luego como directivo, no piensa que el sindicato desaparezca. “Forma parte de Italia, ha estado construido por hombres y mujeres de nobles sentimientos y de gran moralidad y su máxima nobleza la ha alcanzado cuando ha estado unido. Pero es obvio que algo ha cambiado. No me gustaría que la reacción a la política de Renzi consistiese en un reflejo pauloviano de autodefensa. Creo que el sindicato deba renacer desde abajo, que los sindicalistas se consideren sujetos que quieren proteger a otros, no dirigentes de grupos que buscan protección. Renacer desde los más débiles. El primer pensamiento que me viene a la mente es éste. Soy un obrero marroquí, busco alguien que me defienda. Lo encuentro, ¿un sindicato?”.

La misma pregunta podría hacer Marta, que espera un niño.
O, quizás, estas preguntas se queden sin respuesta, porque hoy ya no figuran los mismos sindicalistas que antes. El riesgo es que también el nombre pierda el significado. En California circula un adhesivo, de esos que se pegan en el cristal posterior del coche. “¿No sabes qué es un sindicalista? Es aquel que ha hecho que puedas disfrutar de un fin de semana”.